La desazón con el Museo Arqueológico Nacional

La RAE define desazón, en su tercera acepción, como “disgusto, pesadumbre, inquietud interior”, y en su cuarta acepción como “desabrimiento, insipidez, falta de sabor y gusto”. Si las juntamos, logramos la sensación con la que salí del renovado Museo Arqueológico Nacional (en adelante, MAN).

Voy a empezar por decir, más que nada para prevenir al que me lea,  que no soy ni arqueólogo, ni historiador, ni nada que se le parezca. Simplemente soy un ciudadano al que le entusiasma la historia y las humanidades. Y con esas credenciales, ni más ni menos, visité el MAN.

Cuando salí del MAN lo que más me quedó en la memoria es el edificio en sí, y eso no suele ser buena señal respecto de la exposición. Tras varios años de remodelación, ha sido acondicionado para albergar un nuevo y, supuestamente, mejor museo. Posee dos patios muy luminosos con una serie de obras expuestas, y de ellos salen dos escaleras a través de las cuales se puede observar parte de la exposición en altura.

MAN_PATIO_UP

Las exposición se compone de 40 salas, presuntamente ordenadas de forma lineal, pero que, en realidad, el recorrido establecido de la exposión hace que tengas que pasar por algunas de ellas en sentido ida y vuelta.

No voy a entrar a valorar la calidad arqueológica del material expuesto, porque, como digo, no soy experto en ello, pero sí la forma de exponerlo. Hay una clara intención didáctica, mucho más que la que había en el anterior museo (que, en mi opinión, era mucho más “visitable”), sin embargo, se queda muy lejos de resultar realmente ilustrativa. Algunas piezas expuestas carecen de cartelería – y si la tenían estaba tan mal colocada que no reparé en ella -. La exposición resulta por momentos caótica y agobiante, pareciendo que ciertos objetos están colocados donde lo están porque en algún sitio tienen que estar (el árbol que no te deja ver el bosque). El emplazamiento de ciertas pantallas didácticas multimedia obstaculiza el paso del visitante en cuanto se arremolinan cinco personas para ver la pantalla. Las estaciones táctiles, si bien están correctamente señalizadas y situadas, son escasas y poco representativas (para un museo de pretensiones didácticas). La descripción cronológica de lo expuesto por momentos no parece tal (por ejemplo, en la sección de Edad Media – Mundo Medieval según el MAN – no se establece una línea histórica clara, de hecho se separa Al-Andalus de los Reinos Cristianos como si fueran dos entes independientes). El recorrido de la exposición en ciertos momentos te lleva a puntos ciegos que te obligan a desandar el camino. Una vez que ya parece que has hecho un recorrido por toda la historia arqueológica de España, y tras visitar una parte de exposición sobre la propia historia del museo (esto debería estar al márgen de la exposición principal), hay unas salas temáticas sobre Oriente Próximo Antiguo, Egipto y Grecia.Puedo llegar a entender la intención de ello, como cuna de nuestra civilización, no así su implementación. La sala de Grecia es de lo más anodino que he visto jamás en un museo: la historia presentada a través de los vasos cerámicos; o eres un apasionado de la cerámica y de la cultura griega – simultáneamente – o el cuarto vaso ya resulta exasperante. Y una vez acabado este impasse histórico, la exposición acaba con 4 salas – toda la entreplanta – dedicadas en exclusiva a la moneda (como una pseudoexposición temática dentro de la exposición general, una muestra más propia de la Fábrica Nacional de la Moneda y Timbre que del MAN). Y durante esas 40 salas repletas de objetos, la aparición de documentos escritos es absurdamente escasa; como si la escritura y la arqueología fueran cosas ajenas.  En definitiva, no es una exposición agradable de disfrutar. No lo fue al menos para mí.

Si la intención de la reforma era crear un museo de vocación didáctica, podrían haberse fijado en el MARQ de Alicante, que presenta una exposición no se ya si valiosa arqueológicamente hablando, pero sí muy didáctica, educativa e interactiva. Si no era esa, quizás un museo como el Pérgamo (salvando la enorme distancia que los separa) hubiera sido mejor referencia. Hago una digresión para comentar que el Pérgamo me proporcionó una de las mejores experiencias museísticas y culturales que he tenido la suerte de disfrutar, tanto por la exposición en sí, como gracias a uno de los vigilantes del museo que, de forma completamente voluntaria y desinteresada, al verme absorto con una pieza, se acercó a mí y me pidió permiso para explicármela. Algo que no me ha vuelto a pasar en ningún museo. Y, obviamente, tampoco en este. De hecho, me resultó curiosa la respuesta de un vigilante a la pregunta de un visitante. En la “reproducción” de Altamira (de la que ahora hablaré) había un vídeo sobre el yacimiento y un visitante le preguntó al vigilante si las imágenes proyectadas en ese vídeo eran de la cueva original. La repuesta fue un “ah, pues no sé, SUPONGO que sí”. Lo siento, pero si trabajas X horas en ese sitio donde no hay nada más que ese video y una réplica de una parte de la cueva, además de accionar el contador de mano que llevas para contar visitantes,  debes ser un experto en lo que se muestra, y un “no sé” no es una respuesta válida.

Finalmente, la denominada “réplica” de Altamira (de la que no se hace apenas publicidad en en el MAN ni en su web – creo entender el motivo -), resulta ser una réplica de una parte mínima del techo de una de las grutas de Altamira. Está situada en el jardín exterior del edificio, separado de la exposición, con acceso libre desde la calle (siempre que el MAN esté abierto) y sin mayor indicación que una pequeña placa a la entrada. Es una sala de unos 30m2 con una mesa de espejo con la que poder ver mejor el techo donde está la réplica. Visualmente es atractivo, pero ya. Ni la locución que se escucha resulta realmente interesante.

Réplica Altamira MAN.jpg

Tras todo lo dicho toda la crítica al MAN vertida en este texto es por un sentimiento de rabia ante la expectativa creada y la experiencia recibida. Es un museo que podría ser un museo de referencia: posee un edificio magnífico, en un emplazamiento inmejorable, de un país con una historia y una cultura excelsas. Sin embargo se queda en un museo más de arqueología. En un compendio de piezas valiosas. Y eso da mucha rabia y mucha pena.

Aun así, no dejéis de visitarlo.La cultura nunca está de más.

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