La inmovilidad ciclista de Madrid

Todos los días, camino del trabajo, me cruzo con la misma señora, de unos 45 años, no precisamente de complexión deportista, cargada con una mochila, circulando por una calle cuesta arriba a bordo de una mountain bike. Y a cada pedalada que da, acalla los comentarios, excusas y trabas que se escuchan cada día por parte de los detractores de la bici como vehículo habitual de trasporte por Madrid.
Hoy ha comenzado a funcionar en la ciudad de Madrid el servicio público de alquiler de bicicletas.

Al margen de las opiniones de si los precios son más o menos adecuados (25€ anuales de entrada parecen excesivos y una traba al uso), de si es correcto que se haya optado por la bici eléctrica o de otros inconvenientes técnicos, ya correcta y oportunamente criticados,

quiero centrarme en mi visión de la situación actual de la bici urbana en Madrid.
Muchos detractores insisten vehementemente en que Madrid no está preparada para la convivencia de las bicis con los peatones y conductores, y argumentan una infinidad de vacías excusas. Pero más bien, el problema no es la preparación, si no la concienciación. Cualquier ciudad, al margen de los elementos extra que se quieran añadir, está suficientemente preparada si entre los peatones, los ciclistas y los conductores existe un respeto cívico mutuo. Sin embargo, en los últimos años, la política de movilidad del Ayuntamiento de Madrid ha fomentado, indirectamente, la disgregación artificial caótica de estos elementos.
Los carriles bici urbanos se han ido añadiendo al paisaje urbano sin ningún patrón lógico ni uniforme. Algunos de ellos están construidos sobre la acera, otros ganando espacio a la calzada, algunos cambian de formato en mitad de una calle e incluido continúan por la acera contraria. Unos son de doble sentido. Otros, como ocurre en la calle Hermanos García Noblejas, son de sentido único circulación según la acera de la calle por la que se circule. Otros van por la calzada, como el que transcurre por Sol, en sentido contrario de circulación. E incluso existe el extraño concepto de ciclocarril que no contenta ni a ciclistas ni a conductores.

Un sinsentido urbano. Un caos ferviente de desurbanización.
Estos carriles bici, además, son continuamente usados para aparcar por los conductores o para circular los motoristas o, lo que es lamentablemente más habitual, por peatones. Estos tienden a considerar más “cómodo” caminar por estos carriles que por la acera, e increpan desde la tozudez incívica a los ciclistas que reclaman su circulación preferente (llegando incluso a alegar hechos como que los ciclistas circulan por el sentido contrario único del carril bici que se indica – como decía que ocurre en Hermanos García Noblejas). La construcción y normativa en cuanto a carriles bici debería ser uniforme para facilitar su uso e integración en la movilidad urbana y convertirlos en un elemento habitual de uso común más.
Los ciclistas urbanos también tienen gran culpa de la falta de concienciación social. Deben atenerse a las normas de circulación y no convertirse en un elemento zigzagueante del tráfico. Las aceras son para los peatones, los carriles bici propios para los ciclistas y en la calzada deben convivir coches y bicis por igual. Sin embargo, a diario vemos como muchos ciclistas incívicos circulan por aceras atestadas, aprovechan pasos de peatones para saltarse semáforos, no cumplen con las señales básicas de circulación como cedas o stops, realizan giros prohibidos e, incluso, circulan en calles pequeñas en el sentido contrario al de la circulación.
La convivencia básica pasa porque todos nos respetemos. Y el principal elemento que rompe esta convivencia son los conductores. No han asimilado que una bici pueda circular por la calzada a una velocidad menor de la que ellos quieren ir. No han asimilado que una bici, por su propia seguridad y la de los demás, circule por el centro de un carril. No han asimilado que puedan realizar los mismos giros y cambios de sentido que un coche. No han asimilado, en definitiva, que son un elemento tan válido como ellos en las calles de Madrid.

El triunfo de la movilidad urbana ciclista pasa, insisto, porque todos nos concienciemos de que la bici tiene pleno derecho a circular, siempre dentro del cumplimento de la normativa de circulación y del respeto cívico mutuo entre todos. Sólo así, las excusas de los detractores de la bici urbana (tales como que Madrid no es una ciudad preparada para bicis, que hay demasiadas cuestas en Madrid, que hay demasiados coches, que las calles son demasiado pequeñas por zonas) quedarán obsoletas e invalidadas por una realidad que esperemos cercana: el uso masivo seguro de la bici como elemento de movilidad urbana en Madrid.

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