Banderas,banderines,banderolas.

Voy a empezar diciendo que, gracias a dios, lo viví desde la distancia. Disfruté de la lejanía de todo ello. La ausencia de la presencia. Y desde esa lejanía quisiera hacer unos breves comentarios del momento obsceno de regia parafernalia que vivió ayer la ciudad de Madrid.
Ayer, durante el acto solemne de coronación del rey Felipe VI, Madrid se vio imbuida en un fervor artificial rojigualda sin precedentes en los últimos tiempos. Las calles por donde pasaba la comitiva estaban plagadas, hasta el absurdo, de banderas, banderines y banderolas. Eso sí, rojigualdas. Las tricolor republicanas, según cuentan muchos de los que tuvieron que vivir ese día en Madrid, fueron reprimidas, condenadas al oprobio, y aquellos que las portaban (banderas o cualquier otra insignia tricolor), zarandeados, rodeados y, algunos, detenidos.

El Ayuntamiento hizo un llamamiento para que los ciudadanos sacarán sus banderas a los balcones y que celebrarán la llegada del nuevo rey.

Además se engalanaron autobuses y vagones de Metro. Cuánto dinero derrochado en propaganda indecente.

Supongo que la celebración, rancia, antigua, excesiva y populista, no debió de dejar muy buen sabor de boca a sus promotores, ya que, a tenor de lo que se pudo ver en las imágenes, no se convirtió, ni mucho menos, en un acto multitudinario. Las calles estaban medio vacías, y la Plaza de Oriente, en el momento del añejo saludo familiar desde el balcón, contaba con numerosas calvas en su intención de plenitud.

Cualquier actividad cultural del Teatro Real con pantalla gigante reúne a más ciudadanos en la Plaza de Oriente de los que había ayer. Lo cual es un motivo de esperanza, por otra parte.
Los excesivos recursos policiales seguro que tuvieron algo, aunque mínimo, que ver con la escasez de público. Por momentos parecía que la concentración de agentes era mucho mayor que la de ciudadanos. Se instalaron arcos de seguridad en accesos a zonas específicas, se limitó la libre circulación de ciudadanos por su propia ciudad, e insisto, según las crónicas, se reprimió cualquier tipo de opiniones contrarias al pensamiento único unitario.

Se vieron, además, actos lejanos a cualquier esperanza de renovación progresista. Saludos familiares a las masas (las de Ortega) desde el balcón; actos protocolarios desfasados, como el besamanos; paseíllos en Rolls, de pasado franquista, por las cortadas calles de Madrid; artilugios decimonónicos como el cetro, la corona y los tronos. Todo ello muy lejano a las palabras de renovación que tanto furor han desatado en los medios de comunicación.

Se me quedan muchas cosas sin expresar, muchísimas. Entre ellas, y para ir acabando, el coste que ha tenido tunear el Congreso para la ceremonia (y para que entraran más “ilustres” invitados y los diputados se hicieran selfies, https://twitter.com/tonicanto1/status/479528839165775872 https://twitter.com/voz_populi/status/479585992463355905
así cómo el coste general que ha tenido para el Ayuntamiento de Madrid los fastos completos. Dinero derrochado que se podía haber invertido en los ciudadanos que realmente lo necesitan.
Todo ello muy alejado de la verdadera necesidad ciudadana de participación democrática real en lo que a sus dirigentes se refiere.
Lamentablemente los colores añiles de la sangre siguen prevaleciendo más que la opinión, desconocía y ocultada, del pueblo “soberano”.

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Un pensamiento en “Banderas,banderines,banderolas.

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