Panem et Circenses mundialístico

Desde el 24 del pasado mes de mayo reina en las calles un dulce silencio inusitado. No hay gritos, algarabía, sonidos rítmicos de claxon de coche, cantos consonantes. En definitiva, no ha habido fútbol (deo gratias). Pero mañana ya se jodió el invento. Comienza el Mundial. Tres partidos por día nos esperan. Y seguro que todos ellos tendrán su público dispuesto a expresar sus sentimientos de la forma más vehemente y sonora y, a ser posible, justo de la ventana de alguien que, como yo, aborrezca todo lo que conlleva el fútbol, y todo en lo que ha degenerado. Porque, no nos confundamos, lo que aborrezco (o aborrecemos muchos) no es el juego en sí, sino la parafernalia que hay montada a su alrededor. Las cantidades ingentes de dinero que mueve, las pasiones inhumanas que se desatan, las celebraciones estentóreas, continuadas, machaconas, trasnochadoras, y que esas pasiones estén dirigidas a chavales que cobran millones por algo que no es productivo. Porque el hecho en sí del juego de fútbol no produce nada. Lo que genera beneficios para unos – muy – pocos, es el mercadeo que hay a su alrededor.

Y lo que más (me) genera animadversión al fútbol, es la enajenación que provoca en el individuo. Se convierte en masa monopensante, alienada durante, en este caso, el mes que dura el Mundial (que mes más largo), de los problemas reales de la gente, de sus verdaderos problemas. Y de lo que deberían ser sus verdaderas ilusiones y motivaciones. Alienada de la mísera realidad que nos rodea. Alabando a unos falsos héroes, mientras obvian a los mundanos héroes contemporáneos que tienen alrededor.

Y es más, en particular, en lo que a este Mundial se refiere, ahora, hordas de forofos, hinchas, hooligans,  estarán llegando a un Brasil agitado, luchador, maravilloso, que nunca conocerán. Esas hordas, que gastarán un pastizal en su viaje a Brasil, volverán sin haber conocido Brasil, habiéndose ahogado en caipirinhas, parasitado en sus hoteles, ignorando a los habitantes de esas ciudades, gritando en los estadios y, muchos, importunando a sus mujeres por la mal traída fama de la garota brasileña. Y cuando regresen a sus países, la gran mayoría de ellos, enrabietados y furiosos, habrán traído del maravilloso Brasil el vago y vacuo recuerdo de la nada más absoluta.

Pero es lo que nos queda, sufrir en silencio – nosotros apestados que no nos gusta el fútbol – escuchar las continuas conversaciones mundialísticas de alto nivel y soportar las injurias propias y ajenas, y sobretodo, nocturnas durante el próximo mes.

Disfrutadlo.

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